Este trabajo fue presentado a varias delegaciones
de mujeres del interior del país que participaron del XIIEncuentro Nacional
de Mujeres, que se realizó en San Juan el 8, 9 y 10 de junio
de 1997.
El mismo acerca algunas reflexiones sobre el cruzamiento de la problemática
de género con la cuestión de clase, desde una perspectiva
marxista.
Hablar de género en una revista marxista o pretender ser marxista
en el abordaje de la problemática de género no parece
tarea sencilla de emprender.
Tres décadas de desencuentros prologan este intento de rescatar
la teoría y el método del materialismo histórico
para comprender la cuestión de género. Sin embargo,
bueno es decir que feministas y marxistas de fin de siglo, al menos
coincidimos en que “los puntos de vista de los subyugados son
preferidos porque prometen relatos más adecuados, objetivos
y transformadores del mundo” (1). De ahí que nuestro
interés en la clase y el género “expresa en primer
lugar el compromiso intelectual de construir una historia que incluya
las historias de los oprimidos” (2) y, en segundo lugar, me
permito agregar a título personal, la convicción de
transformar esa historia de opresión.
Sin embargo, es necesario definir más precisamente nuestro
posicionamiento, en ambos campos. ¿De qué marxismo
hablamos? ¿Marxismo académico? ¿Revolucionario? ¿Occidental? ¿Feminismo
de la igualdad? ¿De la diferencia? ¿Liberal? ¿Radical?
Tal como señalan Santa Cruz, Gianella y otras: “...feminismo
y feminista son términos demasiado amplios y vagos. No hay
un feminismo unívoco y monolítico y, aunque los diversos
feminismos parecen coincidir en advertir la situación de sujeción
de las mujeres, la injusticia de tal situación, la voluntad
de revertirla y la convicción de que es posible lograrlo,
hay grandes divergencias en aspectos claves dentro de las diferentes
líneas de pensamiento o acción.” (3). Es que,
como señalara Gerda Lerner: "(las mujeres) están
subordinadas y explotadas, pero no son todas” (4). De allí que
sostengamos que un análisis de clase se impone como necesario
en el estudio histórico del feminismo y en el abordaje de
la cuestión de género en la historia.
Consideramos que la lucha de clases es la fuerza motriz de la historia
y que las mujeres integran las diferentes clases sociales en pugna.
En ese sentido, las mujeres no constituirían una clase diferenciable. “Si
partimos del criterio marxista, que trata de definir las clases sociales
en relación con el proceso de producción y de acuerdo
con la posesión efectiva de los medios de producción,
las mujeres forman un grupo interclasista.”(5). Queremos subrayar,
entonces, que consideramos la explotación como aquella relación
entre clases sociales que hace referencia a la apropiación
del producto del trabajo excedente de las masas trabajadoras por
parte de la clase poseedora de los medios de producción. Se
trataría, en este caso, de una categoría que hunde
sus raíces en los aspectos estructurales económicos.
Mientras que la opresión podríamos definirla como una
relación de sometimiento por razones culturales, raciales
o sexuales. Es decir, la categoría de opresión se refiere
al uso de las desigualdades en función de poner en desventaja
a un grupo social.
Pero explotación y opresión se combinan de diversas
maneras. Volviendo a lo señalado por Gerda Lerner, podemos
decir que la pertenencia de clase de un sujeto delimitará los
contornos de su opresión. Por ejemplo, aunque la imposibilidad
legal de ejercer derecho sobre el propio cuerpo sea uniforme para
todas las mujeres en el plano formal; no son equivalentes, en el
plano de lo real, las prácticas ilegales posibles y sus previsibles
consecuencias para quienes pueden acceder -por posición económica,
social y hasta nivel educativo- al clandestino aborto séptico
y quienes deben morir por hemorragias e infecciones, víctimas
de un orden "patriarcal", con descarnado rostro capitalista.
Aunque puede señalarse que las mujeres padecen discriminaciones
legales, educacionales, culturales, políticas y económicas,
existen evidentes diferencias de clase entre ellas, que moldearán
en forma variable no sólo las vivencias subjetivas de la opresión,
sino también y fundamentalmente, las posibilidades objetivas
de enfrentamiento y superación parcial o no de estas condiciones
sociales de discriminación.
Sólo partiendo de hacer visible esta diferenciación
primordial que existe aún entre los sujetos que se inscriben
dentro de una misma categoría genérica (incluso cuando
esta pertenencia sea al género oprimido socialmente) es posible
entender la amplia gama de actitudes y experiencias femeninas -según
la procedencia social- y los resultados de diversas investigaciones
que demuestran que, de manera preponderante, el factor de clase tiene
mayor poder de cohesión que la adscripción a un género.
Por otra parte, sostenemos que el género es una categoría
histórica y relacional. No se trataría de un atributo
ontológico sino instrumental. Es decir, el género comprende
al conjunto de las conductas que se construyen socialmente sobre
la diferencia sexual y que hacen que mujeres y varones se comporten
femenina o masculinamente. Funciones y características asociadas
imaginariamente al sexo conformarían el género femenino
y/o masculino. Pero esta diferenciación encierra asimismo
la trampa de una jerarquización, es decir una valoración
positiva y/o negativa asociada, de tales propiedades o conductas.
En este sentido, “... el género no es una categoría
descriptiva sino una normativa que determina la posición social
de las mujeres y de los varones.” (6). Coincidimos con J.Scott
cuando plantea que “el género es un elemento constitutivo
de las relaciones sociales basado en las diferencias que se perciben
entre los sexos, y es una manera primaria de significar las relaciones
de poder” (7). Relaciones de poder que se aprehenden en la
vida familiar, se experimentan asimismo en las diferentes instituciones
por las que atraviesa el sujeto en su socialización y no son
más que la reproducción distorsionada de la división
entre dominadores y dominados que surca la historia de la humanidad
desde la esclavitud hasta nuestros días.
Ya Engels señalaba, refiriéndose a la monogamia, que
podía considerarse a la familia como la forma celular de la
sociedad civilizada en la cual se encuentran las contradicciones
que alcanzan su pleno desarrollo en ella misma (8). Y es con el surgimiento
de esta forma de familia monogámica y patriarcal que la vida
social queda diferenciada en dos áreas: la pública
y la privada, constituyendo esta última el ámbito específicamente
destinado al género femenino. De ese modo, mientras que la
producción de mercancías (la producción social)
fue constituyéndose en una zona privativa de lo masculino,
las actividades realizadas por la mujer en el seno de la familia
quedaron reducidas a la reproducción biológica y la
reproducción de la fuerza de trabajo consumida diariamente,
es decir, la elaboración de valores de uso para el consumo
directo y privado.
Es esta división del trabajo determinada por el desarrollo
socio-histórico la que conlleva en sí la constitución
de subjetividades genéricas, y no hay nada de las diferencias
sexuales anatómicas que explique y justifique la diferenciación
jerarquizada de estas tareas.
Relegadas, entonces, de la esfera pública las mujeres por
consecuencia, fueron excluidas de la Historia que, tradicionalmente,
ha focalizado los procesos de transformación social desde
las instituciones y los actores ("hombres públicos")
de las clases dominantes.
Cuando intentó reivindicar el rol de la mujer en la historia,
la historiografía académica recuperó la figura
de algunas mujeres excepcionales. Vidas femeninas que merecerían
un tratamiento destacado por el rol desempeñado en áreas
propias del varón, como la política, la ciencia, la
cultura, etc. Demás está señalar que tales mujeres
pertenecían a las clases dominantes o a sectores acomodados
de las clases medias.
Hoy, entonces, frente a la tarea de reconstruir teóricamente
las vinculaciones que existen entre género y clase, deberíamos
preguntarnos como hiciera Annarita Buttafuoco: “¿Cuáles
son las mujeres que, borradas o ignoradas por la historiografía
tradicional queremos hacer emerger?” (9). Y con la guía
de ese interrogante revisamos el pasado y el presente, descubriendo
que en las guerras, las catástrofes naturales, las situaciones
de crisis extremas y las revoluciones, las mujeres más silenciadas
en la vida cotidiana, las mujeres de la clase obrera y los sectores
populares, son protagonistas. “En todos aquellos momentos en
que se rompe la continuidad, cuando aparecen las formas no programables
de la historia, las mujeres reaccionan bien, en muchas oportunidades,
con una presencia que deja de lado los compromisos domésticos.” (10).
Fue ese el disparador de nuestro trabajo. De allí partimos
para interrogar a las mujeres que, sometidas diariamente a la jornada
fatigosa de las tareas hogareñas - "esclavas domésticas",
como dijera Lenin-, un día rompen con la abrumadora cotidianeidad
del trabajo invisible y se hacen presentes en los conflictos obreros,
en las tomas de fábrica, en las huelgas, en las movilizaciones,
impulsadas -aunque suene contradictorio a los oídos del feminismo
vulgar del sentido común- por la necesidad de defender y resguardar
a su familia del ataque del capital y sus agentes.
Notas:
* Publicado en Revista Lucha de Clases N° 1 – Otoño
/ Invierno de 1997. Reproducido en la página web feminista
La Morada.
1. HARAWAY, Donna: "Saberes situados: el problema de la ciencia
en el feminismo y el privilegio de una perspectiva parcial",
en "De mujer a género: Teoría, interpretación
y práctica feminista en las ciencias sociales" (compiladoras
Ma. Cecilia Cangiano y Lindsay Du Bois)
2. SCOTT, Joan: "El género: una categoría útil
para el análisis histórico" en op.cit.
3. SANTA CRUZ, GIANELLA y otras: "Aportes para una crítica
de la teoría de género", en "Mujeres y Filosofía:
Teoría filosófica de género"
4. LERNER, Gerda: "The challenge of women’s history",
en "The majority finds its past. Placing women in History"
5. NASH, Mary: "Nuevas dimensiones en la historia de la mujer",
en "Presencia y protagonismo" (compiladora Mary Nash)
6. SANTA CRUZ, GIANELLA y otras: op.cit.
7. SCOTT, Joan: op.cit.
8. ENGELS: "El origen de la familia, la propiedad privada y
el Estado"
9. BUTTAFUOCO, A.: "Historia y memoria de sí", en "Feminismo
y teoría del discurso" (compiladora Colaizzi)
10. MENAPACE, L.: "Economia politica della differenza sessuale" |