| Aunque la mujer siempre ha trabajado a
la par del hombre, entregando riqueza y valor desde que esta rama
_ de los homínidos accedió a
la historia, es corriente omitir su contribución tanto a la
reproducción de la especie y a la reposición diaria de
la fuerza de trabajo —a través del invisible pero efectivo
trabajo doméstico— como a la economía de subsistencia.
De ahí que sólo se comience a hablar de la incorporación
de la mujer al trabajo —como si el otro no lo fuera— cuando
se emplea como asalariada en las empresas capitalistas emergentes.
La integración de la mujer al trabajo denominado “productivo” y,
por consiguiente, a la población económicamente activa
(PEA), es el resultado de relevantes transformaciones socioeconómicas
y de la consolidación del modo de producción capitalista
en América Latina.
La mayoría del plusproducto generado en el siglo XX tanto por
los hombres como por las mujeres de América Latina fue drenado
a las metrópolis que habían entrado a la fase superior
del sistema capitalista: el imperialismo. Los países latinoamericanos
se convirtieron en semicolonias. Las riquezas nacionales, en poder
de la burguesía criolla durante el siglo XIX, pasaron a manos
del capital financiero extranjero. El imperialismo europeo y luego
el norteamericano se apropiaron de nuestras principales riquezas. Este
período de enajenación de la economía latinoamericana,
que pasó de semicolonia inglesa a semicolonia norteamericana,
reforzó nuestra condición de países oprimidos,
dándole un nuevo carácter al proceso de la dependencia.
Las inversiones del imperialismo consolidaran el modo de producción
capitalista y acentuaron el tipo de economía primaria agro-minera
exportadora que había condicionado el desarrollo latinoamericano
desde los tiempos de la Colonia. Las mujeres, aunque en menor cantidad
que los hombres, comenzaron a trabajar en las empresas imperialistas,
entregando plusvalía directamente al capital financiero extranjero.
A partir de la década de 1930, en la mayoría de los países
latinoamericanos se inició un cierto desarrollo industrial,
promovido por el Estado y las burguesías criollas. Esta industrialización,
denominada proceso de sustitución de importaciones, fue canalizada
a favor del capital monopólico internacional durante la década
de 1950-60, cuando el imperialismo decidió desplazar capital
finan-ciero del área de las materias primas a la industria.
El proceso de industrialización aceleró la migración
campociudad*, haciendo crecer notoriamente el llamado sector terciario
(comercio, especialmente).
*Existen numerosas novelas que describen el proceso de migración
de las mujeres campesinas a la ciudad. Una de ellas es Tres Tristes
Tres, cuando narra un diálogo en un hogar rural: “Ya sé que
tú tienes toda la razón de estar molesta y estar brava
con nosotras, vaya, por todo lo que te pasó, y eso, pero en
rialidad no fue culpa nuestra, si Gloria te se huyó de la cama
y vino pa’ la Habana”. Guillermo Cabrera Infante: Tres
Tristes Tigres, Seix Barral, Barcelona, 1967, p. 28. Después,
una de las protagonistas dice: “No pude seguir en el pueblo.
Allá no hay futuro para nadie”, ibid., p. 58.
Las mujeres fueron contratadas, con salarios más bajos, en las
empresas industriales, especialmente textiles y de la alimentación.
También se incorporaron masivamente a los comercios y demás
actividades urbanas. Otros lugares de trabajo para las mujeres fueron
los servicios estatales, como salud, educación y oficinas públicas.
El desarrollo del capitalismo agrario tuvo también necesidad
de apelar al trabajo femenino, especialmente desde la década
del 70, a raíz del auge de las industrias de exportación
no tradicionales. Las mujeres fueron contratadas masivamente en las
plantas maquiladoras o de ensamblaje de las empresas transnacionales,
en Costa Rica y la frontera mexicana con Estados Unidos; en la producción
de flores para la exportación en la sabapa colombiana, y en
la agroindustria chilena, peruana y brasileña.
En síntesis, a partir de 1930, aproximadamente, se produjo en
América Latina un significativo crecimiento del sector de mujeres
asalariadas. Entonces se hizo evidente que la plusvalía extraída
provino tanto de los hombres como de las mujeres, plusvalía
que fue a parar a manos de la burguesía criolla y, fundamentalmente,
del capital monopólico internacional. La acumulación
mundial capitalista se acrecentó ya no sólo con la explotación
de los hombres sino también de las mujeres latinoamericanas.
Existe, asimismo, otro sector asalariado que realiza trabajo “improductivo”:
es el de las empleadas domésticas. En esta alienación
particular la empleada no vive su trabajo como una relación
social de producción o de mercado, sino como una continuación “natural” de
las tareas domésticas que la sociedad le ha impuesto a la mujer.
Aunque cumple un papel fundamental para la reposición diaria
de la fuerza de trabajo de los patrones, “la empleada, al contrario
del ama de casa, no libera al interior de la familia-patrona su potencialidad
de reproductora biológica, estando limitada a la ‘reproducción-reposición
de la fuerza de trabajo’ y a la ‘reproducción de
las relaciones sociales’, ni por el hecho de estar remunerada
se libra de la orientación patriarcalista que rige la división
sexual del trabajo en el hogar. La cohabitación de patrones
y empleadas genera una serie de relaciones en las que lo laboral se
mezcla con lo afectivo-personal”.’ Cabe señalar
que la empleada de “puertas afuera” logra desarrollar una
mayor conciencia de explotada que la de “puertas adentro” y,
más aun, la que se contrata por día o por horas para
realizar trabajos domésticos, a veces solamente de limpieza.
Según estadísticas de la OIT, en 1979 la mitad de las
asalariadas de América Latina eran empleadas domésticas.
El sector de mujeres asalariadas que trabaja en las fábricas
como obreras y en las oficinas, servicios públicos, comercios
y empresas como empleadas, constituye más del 25 % de la población
económicamente “activa”. En este grupo están
incluidas las mujeres profesionales: médi-cas, dentistas, abogadas,
químico-farmacéuticas, arquitectas, enfermeras universitarias,
tecnólogas y, especialmente, maestras y profesoras. Las mujeres
asalariadas están sindicalizadas en su mayoría y acogidas
a las leyes sociales.
Por otra parte, están las mujeres burguesas, dueñas de
empresas y comercios, o esposas e hijas de burgueses, y las mujeres
pequeñoburguesas, propietarias de parcelas, talleres artesanales
y comercios.
La mayoría de las mujeres latinoamericanas está constreñida
al trabajo en el hogar, a la realización de tareas no remuneradas,
aunque ellas siguen siendo las que cumplen la “misión” de
reproducir la fuerza de trabajo para el sistema capitalista, con excepción
de Cuba y Nicaragua don-de la reproducción ocurre en un sistema
en transición al socialismo.
Existe un sector numeroso de mujeres que sigue realizando trabajo
no-remunerado en empresas de tipo familiar en el campo y en talleres
urbanos dirigidos
por el padre o el hermano. Hay también una vasta franja de trabajadoras
por cuenta propia: modistas, peluqueras, tejedoras a mano, fabricantes
de dulces, tortas y productos caseros y artesanales, vendedoras ambulantes,
copiadoras a máquina. Este numeroso grupo percibe entradas muy
modestas, no tiene organización ni previsión social.
Los sindicatos y partidos no se ocupan de respaldarlas ni levantan
un programa para agruparlas.
La importancia de las mujeres económicamente activas (clasificación
que ignora deliberadamente el trabajo de la mujer en el hogar, como
si esa actividad no fuera tan activa como otras), puede apreciarse
en las siguientes estadísticas:
En la Argentina, el Censo de 1960 registró 1.645.415 mujeres
en un total de población “económicamente activa” de
7.524.649, es decir el 21,87 %. En 1970, “la proporción
activa de mujeres de 15 años o más de edad era de 27
por ciento [...]. Las viudas y las divorciadas cons-tituyen el grupo
que más ha contribuido al crecimiento de la población
femenina activa”.2 Además de la creciente ocupación
de la mujer argentina en ciertas ramas de la industria manufacturera,
hay también un aumento de las mujeres empleadas en el comercio
y los servicios públicos. Por lo contrario, aparentemente disminuyó la
cantidad de mujeres ocupadas en labores del agro, aunque esta cifra
es engañosa, ya que las campesinas realizan en las “chacras” o
pequeñas explotaciones familiares tareas consideradas como quehaceres
domésticos y, por lo tanto, no son remuneradas ni incluidas
en el sector de la población denominada activa.
En el siguiente cuadro puede apreciarse la evolución ocupacional
de Chile entre 1952 y 1970 1952 1960 1970
Hombres 1.641.813 1.854.366 2.005.820
Mujeres 545.918 534.301 601.540
Es evidente que el número de mujeres asalariadas se ha estancado
entre 1952 y 1970.3 Las mujeres chilenas constituían en 1960
el 22 % de la población “activa”, mientras que en
1952 representaban el 27,5 %. Disminuyó la ocupación
femenina en la industria y aumentó en servicios. Según
el cuadro de edades, creció el número de “inactivas” de
más de 15 años. La prostitución y el casarse o
convivir con un compañero fueron las salidas que buscaron las
mujeres jóvenes desocupadas. De acuerdo al estudio de Betty
Muñoz, realizado en Valparaíso, el 41 % de las mu-jeres
abandonaron el hogar antes de los 14 años y el 75 % antes de
los 18 años.
En 1970, la población femenina chilena era de 4.542.288, de
las cuales sólo 600.000 mujeres tenían trabajo. En cuanto
a la pirámide de edades había 1.723.000 entre 15 y 39
años, 1.749.000 entre O y 14 años, 720.000 entre 40 y
59 años y 363.000 entre 60 y 85 años. Durante el breve
gobierno de Salvador Allende aumentó de manera ostensible el
número de. mujeres en el llamado trabajo económicamente
activo, especialmente en el área de la industria manufacturera
y en el campo, con la creación de los CERA (Centros de
Reforma Agraria).
La dictadura militar disolvió los CERA, devolviendo las parcelas
a los antiguos terratenientes. A fines de la década de 1970,
el desarrollo del capitalismo agrario, particularmente en el sector
frutícola, aceleró la contratación de mano de
obra femenina. En 1981, la fruticultura —que dio más del
15 % de las exportaciones agropecuarias— ocupaba mujeres en labores
que antes se consideraban masculinas, aunque la mayoría de las
trabajadoras son contratadas por temporada, cuyas faenas duran unos
cinco meses al año.4 Ximena Aranda sostiene que sólo
en la zona de Putaendo “la superficie en parronales ha crecido
en 6000 hectáreas, lo que significa una demanda de mano de abra
de cerca de 25.000 trabajadores. Igualmente se han ampliado las plantas
de tratamiento. Se estima que existen veinte embaladoras y seis plantas
mayores o procesadoras. Esto ha aumentado el número de empleos
femeninos; solamente en los parronales trabajan alrededor de 5000 mujeres
durante la temporada (...). La proletarización de la mujer aparece
como una exigencia esperada en un marco de pobladores rurales de proletarización
reciente. Esta condición de proletarización reciente
está avalada tanto por el número de migraciones de los
hombres jefes de hogar —migrantes de retorno— como por
residir en la periferia del pueblo, en poblaciones de emergencia y
campamentos”.5
En síntesis, el desarrollo de las agroindustrias y de otras
industrias de exportación no tradicionales ha sido uno de los
factores clave en el aumento del número de trabajadoras en el área
rural. Mientras en el sector urbano, especialmente en la industria
manufacturera que trabaja con el mercado interno, ha disminuido el
número tanto de mujeres como de hombres, a raíz de la
crisis del proceso de sustitución de importaciones. En el denominado “empleo
mínimo” (PEM y POJH) las mujeres tienen una mayor participación
que los hombres, fenómeno que repercute en la relación
de poder intrapareja, puesto que la mujer se ha convertido en muchos
hogares en el principal sostén de la familia.
En Venezuela, según la Dirección General de Estadística
y Censos, en el año 1961 había una población activa
de 449.000 mujeres y 1.957.326 hombres. Rodolfo Quintero señalaba
en 1964 que “puede estimarse que el 20 % de los componentes de
la clase obrera en Venezuela está formado por mujeres. Y que éstas
integran sólo el 5 % de los obreros industriales”.6
De acuerdo con estadísticas del Ministerio del Trabajo de Venezuela,
en 1976 trabajaban en el sector estatal 32.585 empleadas y 17.132 obreras.
En el sector privado, de 195.854 empleados el 33,8 % estaba constituido
por mujeres, y de 375.675 obreros el 21,6 % eran mujeres2 Adicea Castillo
señala que “una parte importante de esas mujeres trabajadoras,
cerca del 30 %, son jefes de familia. Sin embargo, ellas sólo
son absorbidas en actividades de bajísima remuneración,
tanto en el sector público como en el privado, según
la XIX Encuesta Nacional de Hogares por Muestreo (1975). Se confirma
la tendencia general de que la mujer cuando se incorpora al trabajo
lo hace en actividades que sólo generan un ‘salario de
apoyo’ para el ingreso familiar y que tal incorporación
se hace dirigida esencialmente hacia las ramas de la enseñanza
y de los servicios públicos y sanitarios-asistenciales, que
agrupan el porcentaje mayor de la ocupación femenina.
Cuando la mujer se incorpora a la industria, la encontramos ubicada
en empresas textiles, de confección y alimentos II.. .1. A todo
esto se agrega la arbitrariedad de los tronos para agravar la situación
de las mujeres trabajada Las escasas disposiciones legales que las
benefician especialmente son desconocidas permanentemente por los empleadores
[...]. En lo relativo a la maternidad, podes decir que ella es en Venezuela
actual un pesado fardo sobre, las espaldas de las trabajadoras. A pesar
de que el artículo 218 de la Ley del Trabajo garantiza la inamovilidad
de embarazadas, lo permanente es que las trabajadoras a echadas de
sus puestos por tal motivo”.8
En México, según el Censo de 1970, las mujeres constituían
el 16,4 % de la población denominada “económicamente
activa”. De 15.071.713 mujeres, sólo 2.466.527 eran consideradas
como activas, la mayoría de las cuales el 43 %, estaba en el
sector servicios, el 13,5% en el , comercio y el 18,1 % en la industria
de transformación.
En la industria manufacturera laboraban 1.721.i hombres y 447.526
mujeres, de las cuales 160.000 trabajaban en la industria textil,
84.422 en
fábricas de alimentos, 14.661 en el calzado, 13.000 en imprentas
y editoriales, 13.000 en empresas farmacéuticas, 7000 en plásticos,
etc. En las industrias modernas de transistores bis una alta proporción
de fuerza de trabajo femenino En el sector servicios, según
el Censo de México de 19’ trabajaban 1.100.475 hombres
y 1.057.700 mujeres, las cuales 85.166 eran profesoras primarias, 20.000
profesoras secundarias, 97.349 trabajadoras en hospital 26.860 en instituciones
de crédito. El número de empleadas domésticas
ascendía a 488.344.
En cuanto a la mujer profesional mexicana, Olivia Benavente señala: “Hay
una preferencia de la mujer por carreras cortas: de 1951 a 1970 el
84,7 % de las muja que asistían a escuelas profesionales medias
estudia carreras comerciales (43,4 %), el magisterio (28 %) o preparaban
como enfermeras, secretarias bilingües, auxiliares de contabilidad
(13%) (...). En las escuelas profesionales superiores, las mujeres
constituían un 20 ~ de I estudiantes, es decir, una de cada
cinco estudiantes i mujer, proporción sumamente baja si consideramos
que la escuela primaria, 5 de cada 10 alumnos son mujeres,(...) somos
pocas las mujeres profesionales. Quiere da que la mayoría de
las mujeres apoyamos la labor profesional de los hombres —hasta
un 80 % en el caso de los mé-dicos, dentistas y veterinarios—,
pero no recibimos el reconocimiento final. Es decir, somos la laboratorista
que hace excelentes análisis para que el médico se luzca;
somos la ayudante del contador que se pasa horas extras ordenando la
contabilidad para que el contador reciba la felicita-ción”.9
En relación a la vida de la mujer campesina, Teresa Rendón
sostiene: “En la mayor parte de las comunidades rurales de México
la preparación de alimentos para el consumo familiar implica
la realización de una serie de tareas que en las áreas
urbanas son realizadas por unidades de producción especializadas”.10
Lourdes Arizpe señala que “en la explotación familiar
campesina la unidad doméstica produce casi todo lo que necesita
a través de industrias caseras y el artesanado. En este caso
es claro que la mujer tiene un papel preponderante dentro de la actividad
productiva: podemos ilustrarlo con un ejemplo de una familia campesina
de la Sierra de Puebla. Por lo general, las familias se componen de
los padres y de los hijos casados, sus cónyuges y sus hijos.
Las mujeres participan en el cultivo del maíz (siembra, limpia,
dobla y cosecha). Este trabajo femenino nunca es remunerado sino que
se considera parte de las labores propias de las mujeres en la familia ¡j..].
El error de confundir las labores domésticas de la mujer con
su trabajo familiar no remunerado hace que en el censo aparezca una
cifra muy baja, de 10,4 % de participación femenina en la agricultura
como trabajadoras familiares sin retribución(...). ¿Cómo
hablar de la producción de loe campesinos hombres sin tomar
en cuenta la fuerza de trabajo de la esposa e hijos que utiliza con
frecuencia en el cultivo y las actividades de transformación
de productos alimenticios y de artesanías de su esposa?”.11
Desde fines de la década de 1960, la mujer se ha incorporado
a un nuevo sector productivo del área de las industrias de exportación
no tradicionales: las maquiladoras o plantas de ensamblaje de artefactos
eléctricos y electrónicos, plásticos y juguetes.
Las empresas transnacionales contratan mayoritariamente mujeres para
estas maquiladoras por el tipo de trabajo minucioso que requieren: “Las
mujeres contratadas por las maquiladoras fronterizas (Estado Juárez)
o por plantas de ensamblado semejantes no compiten contra el proletariado
no calificado varonil, simplemente porque las operaciones que aquellas
han de realizar son, de alguna manera, diseñadas para un contingente
de trabajo con características ‘femeninas’ (...)
Desde esta perspectiva, las mujeres no forman un ejército de
reserva industrial a no ser que este término se aplique en relación
a ellas mismas (...) La sofisticación tecnológica y de
diseño tienden a centralizarse en los países hegemónicos,
mientras las operaciones tediosas y mal remuneradas pueden ser exportadas
a zonas periféricas o semiperiféricas como la frontera
mexicana(...). Este proceso revela cierta tendencia hacia la ‘feminización’ del
proletariado internacional”12
Las maquiladoras también se han asentado sólidamete en
Costa Rica a partir de 1980 en el área de la química,
electrónica, textiles y agroindustria, con un grado de productividad
casi similar al de Estados Unidos. La absorción de mano de obra
femenina en dichas maquiladoras ha de. terminado un aumento de la mujer
en el porcentaje de la Población Económicamente Activa
(PEA) de un 14,4 % en 1950 a un 26,3 % en 1982, según la Encuesta
Nacional de Hogares. Las mujeres, especialmente entre los 16 y los
22 años, trabajan en dos turnos; también hacen trabajo
a destajo y “a través de los contratos con cooperativas
o empresas autogestionarias de mujeres”.13
En Perú, el Censo de 1972 arrojó los siguientes resultados
en cuanto a la integración de la mujer al trabajo denominado
económicamente activo: 741.568 mujeres de un total de 3.971.613
trabajadores. En la agricultura laboraban 147.942 mujeres; en la industria,
124.995; en los comercios, restaurantes y hoteles, 122.533; en los
servicios domésticos, 146.649; en la enseñanza primaria
y secundaria, 66.054. y el resto en la administración pública,
lavanderías, peluquerías, transporte y comunicaciones.
Es importante destacar que en las dos últimas décadas
la mujer campesina ha pasado a desempeñar un papel decisivo
en la producción, especialmente en la Sierra Central: “es
ella quien lleva el peso principal del trabajo agrícola en el
sector minifundista”.14
En Colombia, el Censo Industrial de 1945 dio 45.289 mujeres trabajando
en la manufactura, es decir el 33% del total. El Censo de 1969
mostró la
siguiente variación:
“
mientras el número de obreras en la rama del tabaco disminuye
en términos relativos y absolutos, en las demás aumenta
en términos absolutos y en la del vestido en términos
relativos. Es decir, la centralización del capital en la rama
del tabaco estuvo probablemente acompañada por la decadencia
de pequeños establecimientos ‘domésticos’ donde
se producían principalmente cigarros y. donde predominaba el
trabajo femenino”.15
Entre enero de 1971 y enero de 1975, el empleo femenino había
subido del 28,4 % al 32,7 % como resultado de una mayor incorporación
de la mujer a las labores de los bancos, oficinas y comercios. En 1980,
la mujer constituía el 25 % del total de los trabajadores industriales;
en términos numéricos 300.920 obreras industriales. En
Comercio, restaurantes y hoteles el 23,3 %; en el trabajo doméstico,
agrario y otras actividades el resto.16
En la década del 70 se inicia el auge de una nueva industria
de exportación no tradicional: las flores. En 1978 se exportaban
26.000 toneladas de flores por un total de 53 millones de dólares,
mediante el trabajo de 25.000 operarios, de los cuales la mayoría
eran mujeres. Al principio, las mujeres eran reclutadas en las zonas
agrícolas de la sabana de Bogotá. Pero después “algunos
empresarios se vieron en la necesidad de reclutar mujeres urbanas que
eran y siguen siendo transportadas desde Bogotá hasta los cultivos”.
17
En esta industria capitalista de flores, las obras de infraestructura
son realizadas por los hombres, especialmente los sistemas de
riego, construcción de invernaderos y preparación de la tierra. “En
la producción y el cuidado permanente de la flor se emplea casi
exclusivamente mano de obra, femenina, excepción hecha de la
fumigación que es efectuada por unos pocos varones. Las mujeres
entonces desbotonan, encauchan, peinan, cortan, seleccionan y clasifican
la flor [...]. En síntesis, las mujeres ejecutan las actividades
que implican una mayor destreza manual ----1. Esta mano de obra femenina,
a pesar de transferir una habilidad manual, no es considerada calificada;
además, se la retribuye con un pago inferior a su equivalente
masculino dentro de la industria”.18 Demás estaría
decir que la supervisión del trabajo es siempre hecha por los
hombres. “La reciente participación de la mujer campesina
en el mercado laboral —sostiene Alicia Eugenia Silva— y
con ella su separación de la parcela, está configurando
una nueva forma de trabajo doméstico cuya organización
y ritmo se encuentran subordinados a la jornada laboral capitalista.”19
Con el fin de analizar la incidencia del capitalismo agrario
en otras áreas
de la producción, Magdalena León y Carmen Diana Deere
hicieron un trabajo de investigación en dos zonas de Colombia:
Enciso (departamento de Santander Sur) y El Espinal (departamento Tolima);
en el primero, las mujeres asalariadas constituían el 37 % de
los trabajadores y en el segundo el 19 %. En ambas zonas en 1980 la
participación de las hijas es ligeramente mayor que la de las
madres. “No es sorprendente que del grupo de madres que participan
en el mercado de trabajo en El Espinal, el 38 % eran jefes de familia.
En Enciso el fenómeno muestra el 43 %. Este factor permite entender
el hecho de que en ambas zonas el grupo de madres que participa en
el mercado de trabajo llega a ser mayor que el número de padres.”20
Respecto del trabajo de la mujer en las parcelas de estas dos
zonas, León y Deere anotan que, a pesar de la omisión del trabajo
de la mujer en las estadísticas de la población económicamente
activa, “en Enciso más del 85 % de las mujeres participa
en actividades de la producción pecuaria, tales como la alimentación
de animales y ordeño. Además, el 90 o/o participa en
servicios asociados con la producción agrícola, como
cocinar para los peones contratados (..4. En ambas regiones, por lo
menos el 50 % de las mujeres trabajan en las actividades más
intensivas en mano de obra de la producción de tabaco, como
son el ensarte y la pica. En Enciso el 45 % y en El Espinal una tercera
parte participan en el arrume y empaque. Si se toman en cuenta las
actividades que demandan trabajo directo en la tierra, el 52 % de las
mujeres en El Espinal trabaja en la recolección o corte, en
comparación con el 46 % en Enciso”.21 Sin embargo, sostienen
las mismas autoras, sería un error afirmar que la mujer
ha pasado ya a ser la principal fuerza de trabajo en el campo.
El resto de los países latinoamericanos presenta una tendencia
ocupacional femenina similar, con excepción de Bolivia y Centroamérica,
donde el porcentaje de mujeres asalariadas es inferior. En síntesis,
desde 1930, en que emerge la llamada industria de sustitución
de importaciones, la mujer se incorpora a las fábricas, especialmente
textiles y de productos alimenticios. En países como la Argentina,
Chile, Colombia, Venezuela, México y el Brasil, la mujer llegó a
superar el 25 % del total de la población “activa”.22
A raíz del requerimiento de mano de obra llamada “calificada” que
demandó, desde la década de 1960, la moderna industria
intermedia y dinámica, la mujer se vio obligada a desplazarse
al sector del comercio y de los servicios o al trabajo por cuenta
propia.
Henry Kirsch señala que “en América Latina el desempleo
entre las mujeres llega a tasas dos o tres veces superiores a las que
se dan entre los hombres del mismo grupo de edades”.23 Esta discriminación
también se produce en cuanto a las remuneraciones. Las mujeres
perciben salarios más bajos que los hombres, inclusive
en las ramas fabriles donde hacen igual trabajo.
Estado, códigos y machismo
Si el Estado jugó un papel decisivo en el reforzamiento del
patriarcado desde los imperios azteca e incaico, la Colonia y la República
del siglo XIX, mayor aun es su influencia en la presente centuria.
Ejerce intervención no sólo en la economía sino
también en la difusión de la ideología patriarcal
a través de la masificación de la educación y
de los medios de comunicación de masas; codifica el comportamiento “machista” y,
cuando sus instituciones se ven obligadas a conceder ciertas reformas
ante la presión femenina, procura conservar de un modo “gatopardista” lo
esencial del sistema de dominación del hombre sobre la mujer.
Por eso, resulta aparentemente contradic-torio que los partidos de
derecha critiquen el intervencionismo del Estado en la economía,
pero lo respalden cuando se trata de reglamentar las relaciones
patriarcales de dominacion.
El hombre —que considera a la mujer como propiedad privada— ejerce
la violencia para reforzar su condición posesiva. Esta violencia
es ejercida no sólo en los hogares burgueses y pequeño
burgueses, amo también en las familias de los obreros y campesinas.
El régimen autoritario de la sociedad se expresa en el carácter
represivo del jefe de familia. La violencia institucional es peor aun;
impone la llamada “planificación familiar”, la esterilización
forzada, negando a la mujer el derecho a hacer uso libre’ de
su cuerpo, como ha sido crudamente pintado, para el caso de las mujeres
indígenas, en la película Sangre de cóndores del
director boliviano Eduardo Sanjinés.
Otra muestra del “machismo” latinoamericano es la presión
que se ejerce sobre la mujer para que tenga cualquier cantidad de hijos,
los cuales son, en general, abandonados por el padre, teniendo ella
que cargar con su cuidado y alimentación. En Venezuela, alrededor
del 50 % de los hijos son “ilegítimos”. El doctor
Pérez Alfonso ha calculado que “la cantidad de niños
abandonados para 1971 se había remontado a 268.00O’~.24
Las mujeres —señala otro autor venezolano— obligadas
por diferentes necesidades, “tienen que procrear hijos de diferentes
padres y aceptar distintos concubinos. Por efectos de una unión
semejante la madre debe asumir la conducción del ‘hogar’ en
situación difícil”.25
También son expresiones de machismo hacerse servir por la mujer
en el hogar, no realizar ninguna tarea considerada como trabajo femenino
doméstico y menospreciar la capacidad intelectual de la
mujer.
Las letras de las músicas populares, como las rancheras, el
corrido, la cueca, el pasillo, etc., reflejan claramente el comportamiento
machista. A modo de ejemplo, ilustraremos este aserto con algunas consideraciones
sobre el tango. La figura del padre casi no aparece en las letras de
tangos; es una entelequia, pero está presente en el carácter
machista del propio tango. La madre es madre, esposa y compañera,
la que ¡aya la ropa y da comida “al varón”,
la que consuela sus penas y lo acoge cuando regresa al hogar, frustrado
por el amor de aquella mujer que lo “traicionó”,
porque de ellas “mejor no hay que hablar”, como dice la
letra de “Tomo y obligo”.
A su vez, la madre reproduce el comportamiento machista: aleja
a la mujer que puede llevarse a su hijo, el que lleva el pan
a la casa,
porque —como dice otro tango— el mando la abandonó por
otra “mala mujer”. Inclusive, la novia —ansiosa de
ser esposa— apela al paradigma de la madre del personaje, quien
la pone siempre como ejemplo ante su novia: “te quiero como a
mi madre/ te juré que te quería/ mucho más que
al alma mía! y que a mi madre también”. Es el súmmum
del amor y una nueva caída edípica, ahora más
sublimada que nunca. En el tango “Todo para ti” la madre
alude a la novia que “le quitó” el hijo de “su
vera”. ¡Cuántas generaciones de novias argentinas
habrán tenido que sufrir por este tipo de madre! Lo peor es
que cuando se casaron y se hicieron madres, reprodujeron el mismo cuadro,
influenciadas por la ideología de la clase dominante.
Salvo la madre, casi todas las mujeres son prostitutas en la
antología
tanguera, como desquite del macho herido en su amor propio al ser rechazado
por una de ellas. “Te odio maldita” es el título
de uno de los tangos de Celedonio Flores y Pracánico: “Pues
yo por tu cariño dejé a mi madre/ enferma, solita, sin
techo y sin pan/ has roto mi existencia, cobarde y rastrera./ ¿Por
qué voy a tenerte conmiseración?” La temática
vuelve a repetirse en “Desaliento”, de Ballioti y Castiñeira: “Hice
trizas las quimeras/ de mi buena viejecita/ por aquella aventurera”.
Discépolo resumió en 1947 en una sola frase la relación
madre-hijo reflejada en el tango: “Hay dos clases de mujeres:
mamá y las otras”. Otras actitudes machistas se reflejan
en tangos como “Veinticuatro de agosto”, de Homero Manzi: “Al
lado de su amor era más lindo/ -la camisa planchada al almidón/
el saco cepillado en los domingos! y una rosa tapando el corazón”.
Es decir, la ‘felicidad” con la mujer que le lava y plancha..
La temática del macho traicionado por esa “mala mujer” es
recurrente, ocultando siempre las “traiciones” o “infidelidades” del
hombre, quien por lo demás se atribuye todos los derechos, inclusive
hasta llegar al asesinato como respuesta ‘legítima” al
llamado adulterio. En “Noche de Reyes” se dice: “Era
una noche de Reyes/ cuando a mi hogar regresaba! comprobé que
me engañaba¡ con el amigo más fiel./ Y ofendido
en mi amor propio! quise vengar el ultraje! lleno de ira y coraje!
sin compasión los maté”. En el tango “La
copa del olvido”, de Vacarezza y Delfino, no se llega a tanto: “Mozo,
traiga otra copa/ que anoche juntos los vi a los dos/ quise vengarme,
matarla quise,/ pero un impulso me serenó”.
La pelea de dos machos por resolver quién se queda con la mujer,
obviamente sin consultar el perecer de ella, es frecuente en la problemática
latiguera, especialmente en “El ciruja”. Dice Ernesto Sábato: “Hay-
en el tango un resentimiento erótico y una tortuosa manifestación
del sentimiento de inferioridad, ya que el sexo es una de las formas
primarias de poder. El machismo es un fenómeno muy peculiar
del porteño, en virtud del cual se siente obligado a ser macho
al cuadrado, al cubo, no sea que en una de éstas ni siquiera
lo consideren macho a la primera po-tencia”.26
Los tangos que reflejan rebeldía femenina seria escasos, pero
constituyen un síntoma de un proceso de independencia y búsqueda
de identidad de parte de la mujer. El tango “Cobarde”,
de Celedonio Flores y V. Spino, expresa las cargas que sobrelleva la
mujer, opresión reglamentada en los Códigos: “la
ley de los hombres es odio y rencor”. Termina con una frase lapidaria: “Tu
hija no es tuya, su canción de cuna,! para que lo aprenda así lo
dirá”. En otros tangos, como “Besos brujos” y “Andáte
con la otra” están presentes también formas de
protesta e independencia de la mujer que toma la decisión
de abandonar al hombre que la oprime.
Una de las mejores poetisas de tango, María Luisa Carnelíl,
insinúa también críticas al machismo. Sus primeros
tangos, escritos en 1928, tuvo que firmarlos con los pseudónimos
de Mario Castro y Luis Mario, por los prejuicios de aquella época
respecto de la participación de la mujer en la creación
artística. Se ríe de los guapos en “El malevo”: “Sos
un malevo sin lengua/ sin pinta ni compadrada! sin melena recortada!
sin milonga y sin canyengue”, al mismo tiempo que aplaude
a los que no pegan ni explotan a la mujer.
La opresión de la mujer ha sido institucionalizada a través
de los diferentes Códigos Civiles y Penales. En la mayoría
de los países latinoamericanos la mujer debe fijar su domicilio
en el lugar que resida su esposo; debe tener autorización de él
para viajar al extranjero o abrir cuentas bancarias. Los Códigos
Penales establecen diferentes penas sobre el uxoricidio por adulterio,
señala la abogada venezolana Sonia Sgambatti: “El Código
de Colombia establece pena disminuida de la mitad de las tres cuartas
partes para el homicidio cometido por el padre, madre, cónyuge,
hermano contra la hija, esposa o hermana a quien se sorprenda en acto
carnal y mata a ésta o al copartícipe del acto.
Igual pena se aplica al que comete el delito impulsado por un
estado de
ira o de intenso dolor, no siendo necesario la sorpresa en el
acto carnal.
Establece igualmente
este Código que cuando las circunstancias demuestren menor peligrosidad
puede otorgarse el perdón judicial y aun eximirse de responsabilidad
al autor del delito(...). El Código del Ecuador consagra que
no hay infracción cuando uno de los cónyuges mate al
otro o al cómplice, al sor-prenderlo en flagrante adulterio.
Igual consideración la hacen extensiva para el padre, abuelo
o hermano que mate a su hija, nieta o hermana o al cómplice,
cuando la sorprenda en acto carnal(...). El Código Penal de
Paraguay señala que está exento de responsabilidad criminal
el marido que sorprenda a su mujer en flagrante adulterio, mate a ésta
o a su cómplice(...). El Código de México establece
una pena de 3 días a 3 años de prisión al cónyuge
que mata a su mujer al sorprenderlos en acto carnal o próximo
a consumarse éste(...). El Código de El Salvador establece
pena de seis meses de prisión para el marido que sorprenda a
su mujer en adulterio y dé muerte a ésta o al adúltero.
Está exento de pena si le causa lesiones leves”.” En
síntesis, en casi todos los países latinoamericanos el
hombre que mata a su mujer “adúltera” está exento
de pena o es condenado a escasos meses de prisión.
Uno de los países donde ha mejorado la legislación en
tal aspecto es Venezuela, luego de la Reforma del Código Civil,
aprobada en 1982, que en sus puntos fundamentales estableció:
Art. 234: “eliminación total de las diferencias entre
los hijos nacidos fuera o dentro del matrimonio. Comprobada su filiación,
el hija concebido y nacido fuera del matrimonio tiene la misma condición
que el hijo nacido dentro del matrimonio”. Art. 140: “Los
cónyuges de mutuo acuerdo tomarán las decisiones relativas
a la vida familiar y fijarán el domicilio conyugal. El domicilio
conyugal será el lugar donde el marido y la mujer tengan establecido
de mutuo acuerdo. En caso de que los cónyuges tuvieran residencias
separadas, el domicilio conyugal será el lugar de la última
residencia común”. Art. 261: “La patria potestad
será ejercida conjuntamente por el padre y la madre”.
Art. 185: “Se podrá declarar el divorcio un año
después de declarada la separación de cuerpos. Cuando
los cónyuges han permanecido separados de hecho por más
de 5 años, cualquiera de ellos puede solicitar el divorcio alegando
ruptura prolongada de la vida en común”. Art. 137: “La
negativa de la mujer a usar el apellido del marido no se considerará como
falta a los deberes del matrimonio”. Art. 168: “Cada mm
de los cónyuges podrá administrar por si solo los bienes
de la comunidad que hubiese adquirido con su trabajo personal”.
En nuestros países se acentúa el sexismo, copiando los
modelos extranjeros de la moda femenina y los cosméticos sofisticados.
Colonizada por los centros imperialistas en la ideología del
sexismo, la mujer latinoamericana se aliena en el quehacer cotidiano
de “estar a la moda”.
Los medios de comunicación contribuyen a reforzar el proceso
de enajenación de la mujer. Las radionovelas, la televisión
y las revistas femeninas son uno de los principales vehículos
por los cuales penetra la ideología burguesa. “Es a través
de la radio, la televisión y las revistas femeninas donde se
emiten los mensajes que en mayor medida están moldeando la mentalidad
de la mayoría de las mujeres latinoamericanas (...) Este mundo
idílico es utilizado con mayores o menores variaciones ya sea
en las telenovelas o fotonovelas como para promocionar toda la variada
gama de artículos de consumo: desde el automóvil, terrenos
y viviendas hasta la pasta de dientes, los cosmé-ticos, los
alimentos o los botes de basura.”28
En un estudio sobre estos medios de comunicación dirigidos especialmente
a la mujer latinoamericana, Michéle Mattelart sostiene: “Se
trataría de ver si la imagen de mujer que publicita la revista
ilustrada femenina no vuelve a readaptar los rasgos constitutivos del
modelo ‘tradiciona-lista’ o, mejor dicho, conformista;
se trataría de apreciar cómo el cambio que sufre esta
determinada imagen de mujer es mínimo y no sobrepasa nunca los
límites de la adaptación al contexto, definido por la
modernidad, lo cual no significa nunca una agresión a los principios
del sistema. Es decir que, en lo atinente a la imagen del ser femenino
que difunden dichos órganos de prensa, se comprobaría
la hipótesis de Marcuse según la cual, en la ideología
burguesa, el cambio se halla sometido al respeto por lo invariable:
dicho en una palabra, el respeto por lo invariable sería la
condición para las variaciones. Y es así como sorprende
comprobar la fijación de las revistas femeninas en todos estos
temas ‘tradicionales’ que giran en torno a la ‘economía
del corazón’: correo sentimental, folletines, horóscopos,
o en tomo a otro eje esencial y obligatorio, el de lo doméstico,
el de la organización hogareña ~. .1. Los resultados
de un sondeo llevado a cabo en la población femenina (chilena)
no hicieron sino confirmar lo que anticipan el sentido común
y la observación corriente: mientras las revistas femeninas
nacionales o importadas, reclutan la casi totalidad de su clientela
en los estratos superiores, las revistas de fotonovelas se reservan
a un público popular. Son mujeres de los estratos medio-infe
flores y bajos las que se encuentran más expuestas a los ‘valores
femeninos’ transmitidos por dicha prensa”.29
La alienación de la mujer ha servido en la mayoría de
los países a reforzar el poder burgués a través
de las elecciones. Muchas votaciones para elegir parlamentarios o presidentes
han sido decididas a favor de los partidos de derecha y de centro por
el voto masivo de la mujer, influenciada por la ideología burguesa
en cuanto al concepto conservador del orden y la tradición,
ideología que los partidos de izquierda no han sabido contrarrestar
tanto por su política patriarcal como por la práctica
machista de sus militantes, además de la falta de -un
proyecto alternativo de sociedad donde se garanticen los derechos
igualitarios
de la mujer.
Los partidos de la izquierda latinoamericana han hecho muy poco
para sacar a la mujer de esa trampa ideológica. En ellos, la militante
femenina es utilizada en las tareas menos creativas: secretaria, cobradora
de cuotas o actividades de agitación menor, como repartir volantes
o pegar carteles. En los partidos políticos se reproduce parte
de la opresión femenina que se da en la sociedad global
humana.
NOTAS
1 MARY CASTRO GARCÍA: “¿Qué se compra y
qué se paga en el servicio doméstico? El caso Bogotá”,
en MAGDALENA LEÓN: La realidad colombiana, ACEP, Bogotá,
1982, t. 1, p. 121.
2 ZULMA RECCHINI DE LATTES: Dinámica de la fuerza de trabajo
femenina en la Argentina, UNESCO, París, 1983, pp.
11 y 14.
3 HÉCTOR GUTIÉRREZ :La población en Chile, CIDRED,
París, 1975, p. 55.
4 M. SOLEDAD LAGO Y CARLOTA OLAVARRIA: “La mujer campesina en
la expansión frutícola chilena”, en MAGDALENA LEÓN:
Las trabajadoras op. cit. , t. II, p. 185.
5 XIMENA ARANDA B.: El díptico campesino-asalariado agrícola,
en ibid., t. II, PP. 162 y 163.
6 RODOLFO QUINTERO: Sindicalismo y cambio social en Venezuela,
UCV, Caracas, 1964, p. 46.
7 ANUARIO DE ESTADÍSTICAS DEL TRABAJO, 1976, Ministerio
del Trabajo, Caracas. Pp. 5 y 6.
8 ADICEA CASTILLO: Algunas consideraciones acerca del mercado
del trabajo femenino en Venezuela, UCV, Caracas, 1978,
9 OLIVIA BENAVENTE: “¿Sobrevives como mujer profesionista?”,
Revista FEM, México, abril-junio 1977.
10 TERESA RENDON: “Las productoras de millones de invisibles”,
Revista FEM, México, abril-junio 1977.
11 LOURDES ARIAPE: “Campesinas, capitalismo y cultura”,
Revista FEM, México, abril-junio 1977.
12 MARÍA PATRICIA FERNÁNDEZ: “Las maquiladoras
y las mujeres en ciudad Juárez (México); paradojas de
la industrialización bajo el capitalismo integral”, en
MAGDALENA LEÓN: Sociedad, subordinación y feminismo,
ACEP, Bogotá, 1982, t. III, PP. 149 y 150.
13 LAURA GUZMÁN STEIN: “La industria de la maquila y la
explotación de la fuerza de trabajo de la mujer: el caso de
Costa Rica”, en revista Desarrollo y Sociedad. N0 13, CEDE, Facultad
de Economía de la Universidad de Los Andes, Bogotá,
enero 1984, p. 172.
14 PILAR CAMPAÑA: “La mujer, trabajo y subordinación
en la Sierra Central del Perú”. en M. LEÓN:
Las trabajadoras. ., op. cit., t. II, p. 150.
15 PAULO SANDRONI: “La proletarización de la mujer en
Colombia después de 1945”, en M. LEÓN:
La realidad colombiana, op. cit., t. 1, p. 76.
16 MAGDALENA VELÁZQUEZ: “La condición jurídica
y real de la mujer en Colombia”, revista Nueva Sociedad,
No 78, Caracas, julio-agosto 1985, p. 97.
17 ALICIA EUGENIA SILVA: “De la mujer campesina a la obrera florista”,
en MAGDALENA LEÓN: La realidad colombiana, op .cit.,
t. 1, p. 34.
18 IBID., t. 1, Pp. 35 y 36.
19 IBID., t. I p. 41.
20 MAGDALENA LEÓN Y CARMEN DIANA DEERE: “La proletarización
y el trabajo agrícola en la economía parcelaria: la división
del trabajo por sexo”, en M. LEÓN: La realidad
colombiana, op. cit., t. 1, p. 17.
21 IBID, t. 1, p. 21.
22 LOURDES ARIZPE: “Campesinas, capitalismo y cultura’,
revista FEM, México, abril-junio 1977.
23 HENRY KIRSCH: “La participación de la mujer en los
mercados laborales latinoamericanos”, en CEPAL: Mujeres en América
Latina, FCE, México, 1975, p. 180.
24 EL NACIONAL, Caracas, 25 de febrero de 1975.
25 MANUEL GONZÁLEZ ABREU: Venezuela foránea, UCV,
Caracas,
1976, p. 223.
26 ERNESTO SÁBATO: Tango, discusión y clave, Biblioteca
Clásica Contemporánea, Buenos Aires, 1975.
27 SONIA SGAMBATTI: La mujer, ciudadano de segundo orden,
Fondo Editorial Común, Caracas, 1976, Pp. 28 y 29.
28 TERESITA DE BARBIERI: “La condición de la mujer en
América Latina”, en CEPAL: Mujeres en América Latina
FCE, México, 1975, p- 59.
29 MICHELE MATTELART: La cultura de la opresión femenina,
ERA, México, 1977, Pp. 39 y 67.
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