Aportes Para Una Teoria De La Opresion Y Protagonismo De La Mujer Parte 2
      Luis Vitale
 
Parte 2 Para Wally Seccombe, la relación del trabajo doméstico con el sistema capitalista está mediada por la mercancía fuerza de trabajo, a partir de su reproducción, confundiendo procreación de hijos con el momento en que éstos venden su fuerza de trabajo. A nuestro juicio, el trabajo doméstico efectiviza su relación con el mercado laboral a través de la reposición diaria de la fuerza de trabajo, ya sea del esposo o de las hijas/os. Dicha autora sostiene, asimismo, que el
trabajo doméstico es trabajo abstracto que crea valor, pero de un carácter privado, fuera del ejercicio de la ley del valor.13 A nuestro modo de entender, Seccombe confunde la ley del valor-trabajo con el valor, al igual que Harrison cuando afirna por otros motivos, que el trabajo doméstico no crea valor porque no produce mercancías. En artículos posteriores, Seccombe sostiene que el trabajo doméstico crea valor porque produce la mercancía fuerza de trabajo.
La teoría del valor-trabajo sirve para explicar la apropiación de la plusvalía, pero es insuficiente para dar cuenta de la forma en que es expropiado el trabajo dela mujer en el hogar. A nuestro juicio, no cabe aplicar la teoría de la plusvalía al trabajo doméstico, ya que en éste no se dan las reglas del juego capitalista: trabajo necesario y trabajo excedente. No hay extracción de la plusvalía en el hogar por parte del hombre respecto del trabajo de la mujer. Si así fuera, el obrero, el negro o el indígena contemporáneos estarían acumulando, a través de la apropiación del trabajo
de la m jer, un capital que nadie podría demostrar en qué es reinvertido. No hay apropiación de plusvalía por parte del marido. Pero la ama de casa realiza un trabajo. Y todo trabajo produce valor.
Ya Marx demostró en El capital que hasta el solitario Robinson Crusoe producía valor —o determinaciones del valor— en una isla perdida del Océano Pacífico. El valor es único e inescindible, aunque se manifieste como valor de uso o valor de cambio. No es que ~e1 valor se divida o desdoble en valor de uso y valor de cambio, como han dicho lectores superficiales de la obra capital de Marx. El valor es indivisible. Lo que ocurre es que el producto del trabajo puede ser utilizado como valor de uso o valor de cambio. Si la mujer que trabaja en el hogar produce un valor, independientemente de alguna forma de trabajo asalariado, cabe preguntarse entonces cómo se manifiesta ese valor. La clave para estudiar este problema teórico se encuentra, a nuestro modo de entender, en el concepto de “determinaciones del valor” que Marx no trata sistemáticamente, pero que señala claramente en algunas líneas del tomo 1, volumen II, Pp. 79, 80, 85 y 87 de EL Capital 14: en Pp. 922 y 923 (carta a Kugelman del 11 de julio de 1868); en el mismo volumen PP. 968 a 970, 973, 975 y 978; en “Glosas marginales al Tratado de Economía Política de Adolfo Wagner”, apéndice del tomo , Pp. 88 y 89 (nota 35) y en el tomo III, volumen II, p. 985.
En las ‘Glosas” mencionadas, Marx apunta: “Donde mejor se revela toda la superficial idad de Rodbertus es en su contraposición de un concepto ‘lógico’ y otro ‘histórico’. El sólo enfoca el ‘valor’ (el económico, por oposición al valor de uso de la mercancía) en su forma de manifestarse, es decir, como valor de cambio, y como éste sólo se presenta allí donde’una parte por lo menos de los productos del trabajo, de los objetos útiles, funci nan ya como ‘mercancias y esto no ocurre desde el primer momento, sino sólo a partir de una cierta fase social de desarrollo, es
deoir, al llegar a un determinado grado de desarrollo histórico, nos encontramos con que el valor de cambio es un concepto histórico. Si Rodbertus hubiese seguido analizando el valor de cambio de las mercancías habría encontrado el ‘valor’ detrás de esta forma de manifestarse. Y si hubiese seguido investigando el valor, habría visto que aquí el objeto, el ‘valor de uso’, aparece como mera materialización del trabajo humano, como inversión de la misma fuerza humana de trabajo, por donde este contenido se representa como el carácter material de la cosa, como carácter que le
corresponde materialmente a ella misma, aunque esta materialidad no aparezca en su forma natural (en la de la mercancía, que es precisamente por lo que hace falta una forma especial de valor). Habría descubierto, pues, que el ‘valor’ de la mercancía no hace más que expresar en una forma históricamente progresiva lo que ya existía en todas las formas históricas de sociedad, aunque bajo otra forma, a saber: el carácter social del trabajo, en cuanto aplica ción de la fuerza social de trabajo”.15 Aunque Marx no se refiere al trabajo de la mujer, señala que en la ‘producción de valores de uso, como ocurre con ciertas tareas domésticas, existe una “materiahzación del trabajo humano”. Está claro —para quien quiera verlo— que el valor que produce la mujer en el hogar se transfiere indirectamente, y en última instancia, al régimen de dominación de clase sin que éste tenga que desembolsar un centavo por la reproducción de la vida y la reposición diaria de la fuerza de trabajo.
La discusión acerca de si el trabajo doméstico es productivo o improductivo nos parece irrelevante por cuanto ninguna de estas dos categorías tiene relación directa con el trabajo doméstico, sino solamente con el régimen del salariado. Los llamados trabajos productivos e improductivos no derivan de sus características materiales sino de una determinada forma de explotación, signada por las relaciones de producción y, por consiguiente, relacionada con la extracción de plusvalía. La apropiación-expropiación de las labores domésticas de la mujer en el hogar va más allá de la enajenación en el trabajo. Alcanza su mayor significación en la inhibición de la identidad integral de la persona mujer, puesto que ella pasa a ser alguien que “no hace nada”, cuando en rigor su trabajo es fu¡ícíonaJ al sistema patriarcal y de clase. En el trabajo doméstico —considerado función inherente, inmanente y “natural” de la mujer y no como categoría económica— intervienen factores extraeconómicos, especialmente la presión ideológica del régimen de patriarcado y más sofisticadamente el amor a la familia, que es una institución cultural. Este sentimiento es elevado a una forma de ideología encubridora de la explotación económica de la mujer que trabaja, sin ser remunerada, por amor al esposo y a los hijos, como si fuera la razón suprema de su existencia. La mujer compensa este trabajo doméstico con algunas gratificaciones que le brinda el patriarcado “gatopardista” contemporáneo: cierta seguridad personal, espacio territorial propio, “control” de los hijos, dominio de áreas en que ha dejado de interesarse el hombre y obtención de pequeñas granjerías, como salidas fuera del hogar, vestidos, etc. En el cumplimiento de tales
funciones, la mujer se siente indispensable e insustituible, a través de una ideología que permanentemente refuerza el régimen patriarcal y de clase.
A nuestro juicio, las tareas del hogar continuarán en cualquier régimen social donde permanezca la institución familia. No podrán ser eliminadas mientras no se elimine la relación patriarcal en la unidad familiar, uno de los últimos bastiones del concepto de propiedad privada.
Aunque el trabajo domestico se pague, como se hace actualmente en Suecia, no por ello desaparece el régimen patriarcal de opresión. El trabajo doméstico puede inclusive ser socializado a través del patriarcado de izquierda, como ocurre en la mayoría de los países en transición al socialismo. Así, se hace más claro que nunca que la tarea estratégica para alcanzar la igualdad entre los seres humanos es la eliminación del patriarcado. Cuando éste desaparezca, de todos modos habrá que realizar tareas que indudablemente tienen un carácter doméstico, por cuanto
están relacionadas con el diario vivir de las personas, pero que no tienen por qué engendrar opresión de unos seres humanos sobre otros. Se ha sobredimensionado la función del trabajo doméstico con el fin de darle categoría de
modo de producción para llegar a la conclusión de que las mujeres constituyen una clase social. El trabajo doméstico no es un modo de producción sino una forma de producir o reproducir la fuerza de trabajo. Este tipo de trabajo no beneficia directamente a ningún patrón apropiador expropiador inmediato del plusproducto sino que éste se transfiere de un modo indirecto al sistema global de dominación, aunque proporciona privilegios y ventajas al proyecto de vida
masculino. De todos modos, no es una relación social de producción, aunque como hemos dicho es una forma de explotación. No es la primera vez en la historia que ciertas formas de producir no dan lugar a clases sociales. No siempre producir ha significado tener un patrón, ni siempre los que producen han sido parte de clases sociales, como ocurrió en las culturas agro-alfareras. Por lo demás, las labores domésticas tampoco pueden ser consideradas trabajo
cuentapropista, porque no da lugar a un intercambio de mercancías, ni el que lo realiza vende su trabajo en el mercado. Sin embargo, se parece bastante a una mezcla de servidumbre con trabajo por cuenta propia, aunque la mujer no es una mercancía como lo fueron el esclavo o el siervo. Centrar la lucha por la emancipación de la mujer en el trabajo doméstico con el fin de demostrar que ellas constituyen una clase social es deslizarse por la pendiente del reduccionismo. La explotación económica de la mujer en el hogar no agota la explicación de las variadas y trascendentes formas de opresión, expresadas en la represión de la sexualidad, en la enajenación que va más allá del trabajo, en la ausencia o dificultad para encontrar un proyecto propio y autónomo de vida, independiente del esposo y de los hijos, en la cuasi obligatoriedad de vivir una maternidad compulsiva y angustiante, en la anulación de sus derechos humanos y en la negación de los espacios relacionados con el mundo de las ideas y del pensamiento abstracto, que como es sabido es lo más concreto. En suma, la opresión de la mujer rebasa el marco del llamado trabajo doméstico, enajenando las posibilidades del ser humano mujer.
La familia nuclear contemporánea es la célula básica de la sociedad civil, cada día más regimentada por un Estado que expresa y difunde masivamente la ideología de la clase dominante. No es nuestra intención reiterar aquí el debate en torno a los papeles del Estado y de la sociedad civil. Lo que queremos remarcar es que la familia constituye la principal correa de transmisión de la ideología de la clase dominante en el seno de la sociedad civil. No por casualidad las iglesias —y, en particular, la católica, que es mayoritaria en América Latina— han enfatizado acerca del papel de la familia como resguardo esencial del sistema patriarcal y de clases. Igual campaña instrumenta el Estado en una esfera más amplia, a través de los medios de comunicación de masas y de todo el poder que ha concentrado como expresión o síntesis de la dominación de una clase sobre otra. El Estado como “capitalista colectivo ideal” o como “personificación ideal del capitalismo nacional global”, al decir de Engels, organiza la competencia entre las diversas fracciones de la clase dominante. No sólo las cohesiona sino que también integra a las clases explotadas a través de la ideología burguesa, como han señalado Lukács y Gramsci. No todas las funciones del Estado son meramente “superestructurales”, puesto que también se encarga de estimular las condiciones generales de producción que no pueden asumir,.cada uno de los capitalistas privados: medios de transportes y comunicaciones, sistema monetario, regulación del mercado nacional, orden jurídico y reproducción de la fuerza de trabajo a través de los planes de salubridad, vivienda y educación.




Es cierto que el Estado es “la síntesis organizada de las relaciones de producción”, controladas por la clase dominante, pero este control no es mecánico sino que existen ciertas mediaciones; y son precisamente las instituciones y los aparatos ideológicos estatales los encargados de canalizarías. Cometen un error aquellos tratadistas del Estado que consideran a éste como un mero reflejo de la estructura económica. La relación estructura-superestructura, de la cual se ha hecho mucho abuso “teórico”, constituye un binomio dialéctico de esa totalidad que es la Formación Social. Sólo así puede entenderse el papel del Estado como agente fundamental de la reproducción social. En tal sentido, su función es relevante en la transmisión masiva de la ideología relacionada con los papeles “naturales” que deben jugar’tanto el género femenino como el masculino. Cuando el Estado no logra imponer un aparente consenso sobre estos “roles” recurre a la violencia y a la represión sistemática, como lo prueban los casos de Madres de Plaza de Mayo, movimientos feministas, resistencia de las mujeres a las dictaduras militares y cualquier manifestación transgresora e insurgente de la mujer. No se puede entender la consolidación del patriarcado si no se estudia el papel del Estado, sabiendo que sus funciones no fueron las mismas bajo los incas y la Colonia que durante la República. No obstante, siempre sirvió para darle continuidad al régimen de patriarcado. La existencia del Estado llamado nacional permitió a la clase dominante criolla imponer leyes que codificaron la opresión femenina y una política educacional destinada a retroalimentar la ideología de la dominación de un sexo sobre otro. La mayoría de los Estados latinoamericanos dicen adherir a la ideología del laissez-faire, laissez passer, pero en los hechos ejercen intervencionismo tanto en la economía como en la legislaci6n sobre la mujer, reglamentando la vida cotidiana y privada de las ciudadanas/nos. A través de las leyes y del derecho consuetudinario legitima el comportamiento “machista”. Bajo la presión de la lucha femenina puede llegar a conceder ciertas reformas e incluso propiciarías con el fin de resguardar la última y primera trinchera de la dominación. En tal sentido es ilustrativo recordar que la derecha política latinoamericana critica a menudo el intervencionismo del Estado en la economía, pero lo aplaude cuando reglamenta el control de la natalidad, los salarios de la mujer, la perdurabilidad del matrimonio, los privilegios jurídicos y políticos de los hombres, la discriminación en la penalización del adulterio, la forma en que las mujeres son humilladas en casos de violencia y violación —sean de parte de desconocidos o del propio esposo—, en el terrorismo ideológico que desata contra los derechos de la mujer a hacer libre uso de su cuerpo en las penas y persecución contra el derecho de la mujer al aborto. La familia ha sido y es utilizada en lo económico e ideológico por la Iglesia, el Estado y sus instituciones, incluido el Ejército, como célula clave de la reproducción social en el más amplio sentido de la palabra, alienando a la mujer en el papel de trasmisora de los valores de la clase dominante. “La continuidad de la subordinación femenina —dice Beatriz Schmuckler— se preservó nombrando a la mujer como la primera responsable de la cohesión familiar y ocultando el carácter retrógrado de dicho rol para el desarrollo de sus capacidades creativas (...) la mujer desarrolló formas de control del grupo familiar, tanto del marido como de los hijos, usando como herramienta su propia emocionalidad (...) la creciente idealización del rol familiar de la mujer mistificó la dominación patriarcal al crear en la mujer placer y expectativa de continuidad de placer en su subordinación”16 No siempre la mujer desempeñó este papel en América Latina. Los colonizadores españoles y portugueses procuraron por todos los medios desestructurar la gens aborigen, estructurando mediante el mestizaje un nuevo tipo de familia que se consolidó durante los siglos XIX y gran parte del XX. Luego entró en crisis, especialmente en los últimos 50 años. Para superarla ha sido necesario reestructurar otro tipo de familia en la cual haya un mayor consenso, b sa~o en el amor. En este proceso de continuidad y discontinuidad, tendiente a asegurar la reproducción social y las formas de dominación de la mujer, se ha ido formando la familia contemporánea, que una vez más intenta ser salvada con el divorcio. El divorcio es sin duda un paso adelante en relación a los derechos humanos por cuanto nadie puede obligar a una persona a vivir con otra que no ama. Pero no puede soslayarse el hecho de que ha sido promovido para preservar, en última instancia, a la familia como institución o célula madre en la que se asienta el sistema de dominación. La prueba es que los que se divorcian generalmente vuelven a casarse para constituir una nuera fanúlia, de lo que se deduce que el divorcio no atenta contra el régimen patriarcal sino que, por el contrario, puede afianzarlo en su momento de mayor crisis. La familia contemporánea está basada en un tipo de matrimonio más consensual, convirtiendo lo afectivo, el amor, en mediador de la explotación económica. Al respecto, Beatriz Schmuckler manifiesta: “El control patriarcal sobre el trabajo de la mujer no se desarrolla puramente en el plano económico. La mistificación del patriarcado durante el desarrollo capitalista se basa en definir el trabajo de la mujer como no trabajo, como acción de amor. El mecanismo de control patriarcal sobre el trabajo de la mujer descansa precisamente en simbolizar el trabajo de la mujer como perteneciente a la esfera afectiva”.17 Esta dialéctica de la opresión en el matrimonio actual es abordada también por Rossana Rossanda: La mujer es explotada en la familia a través del trabajo doméstico, pero a cambio recibe dosis más o menos elevadas de poder en el campo interpersonal de la familia y de la pareja. Las mujeres son expertas en estos (a veces muy profundos) poderes, basados en la idea del amor, de afecto, de seducción. El valor institucional de todo esto es igual a cero, pero su valor social, su valor en la vida, es enorme”.18 Cabe aclarar que estas compensaciones femeninas son obtenidas fundamentalmente por las mujeres de los sectores sociales más acomodados. Las mujeres de los hogares más pobres, dedicadas exclusivamente al trabajo doméstico, tienen un margen más limitado de gratificación individual, debiendo dedicar casi todo el día a la crianza de una prole numerosa en condiciones infrahumanas , donde ni siquiera pueden disponer de un lavarropa, refrigerador y otros enseres que podrían aliviar las tareas del hogar. Si bien es cierto que el término del patriarcado se logrará cuando se extinga la familia, hay que ser cuidadoso en el planteo del problema durante esta fase de transición, ya que en los sectores obreros, campesinos e inclusive capas medias asalariadas la familia juega un papel económico de supervivencia a través de la intensificación del trabajo doméstico de la mujer, que permite una mejor utilización del escaso salario. A mayor trabajo doméstico, es decir, más producción de valores de uso, mayores posibilidades de aprovechamiento del salario. En los hogares más pobres se acentúa la solidaridad entre los miembros de la familia para poder sobrevivir; solidaridad intra e ínter parejas que, unida a la ideología de la clase dominante, refuerza el papel de la familia y la hace aparecer como más necesaria que nunca a medida que crece el polo de la miseria. En esta sociedad competitiva e individualista, el núcleo familiar aparece como el único refugio en el que las personas pueden escapar a la hostilidad de la calle y del trabajo; un espacio donde se puede conversar sin tener que estar defendiéndose a cada instante, y expresar variadas formas de espontaneidad. La familia -dice Susan Brogger— supervive “no necesariamente porque es el mejor modo de vivir, sino porque es el más conocido, el menor de los males que la gente puede imaginar”.19
En la familia se ha desarrollado una subcultura femenina constituida por ciertos comportamientos y papeles sociales. Esta subcultura presenta matices distintos de acuerdo con el medio social y de clase de la mujer, aunque depende siempre de la ideología de la sociedad global. Esta subcultura no surge obviamente de la naturaleza de la mujer, sino que es producto de largos procesos sociales, como decía Giulia Adinolfi poco antes de morir: “La discriminación contra la mujer y la posición subalterna que ha tenido en la historia han ido creando lo que podríamos llamar una subcultura femenina que, en cuanto realidad histórica, tiene importantes diversificaciones en el espacio y en el tiempo, pero que mantiene algunos rasgos constantes ligados a la condición estructuralmente subalterna, a la posición social de las mujeres”.20 Este submundo femenino, adornado de mitos, de horóscopos, cartas a los “correos sentimentales” de los dianos, consultas a las adivinas, ensoñación amorosa estimulada por las telenovelas, etc., tiende a encubrir mediante la fuga de la realidad el tedio de lo cotidiano. La represión de la sexualidad femenina se remonta a los orígenes del régimen patriarcal. La monogamia y la ideología de la fidelidad y castidad surgieron para asegurar la paternidad, reprimiendo con ello la genuina sexualidad femenina. Esta es una larga historia que bajo el capitalismo alcanza su apogeo, impidiendo la libre expresión del erotismo femenino. Lo realmente “femenino” paso a ser la sexualidad pasiva, al servicio del goce y del poder masculino para los fines de la reproducción. Las mujeres no sólo son reprimidas sino que, a su vez, se autorreprimen, temiendo manifestar su propia sexualidad. Durante las últimas dos décadas los medios de comunicación de masas han publicitado la llamada “revolución sexual”, que nada tiene que ver con la verdadera emancipación de la mujer. Marta Lamas polemiza contra esa falsa liberación: “Las mujeres no aspiramos a imitar los errores de los hombres en materia sexual, no queremos considerar las experiencias sexuales como conquistas y como valoración del ego. No nos interesa utilizar a otra persona para nuestros fines, considerarlo objeto sexual, ni agredirlo o devaluaría mediante el sexo(...). La revolución sexual de la que tanto se habla se reduce a una creciente ola de pornografía y de violencia sexual, más que a un verdadero entendimiento y el ejerciciode nuestras posibilidades sexuales(...). La moral sigue siendo sexista y la educación, aun la liberal, sigue manteniendo los mismos mito”.21 La llamada “revolución sexual” constituye un intento más de canalizar la rebelión feminista; manipulada por los hombres de la clase dominante, tiene como finalidad convertir a las mujeres en objetos sexuales más accesibles. Pero, contradictoriamente, ha permitido a muchas mujeres un redescubrimiento de su sexualidad y a un usa más libre de su cuerpo.