En palabras del escritor Mario Vargas Llosa, candidato presidencial en las elecciones peruanas en 1990 contra Fujimori y uno de los más entusiastas colaboradores internacionales de la “nueva derecha” latinoamericana, el triunfo de Piñera refleja, en el panorama Latinoamericano “un serio revés para Chávez y su grupete de países”. No puede tener más razón Manuel Cabieses -director de la revista Punto Final- de que el triunfo de la derecha en Chile “es recibido con júbilo por los sectores más reaccionarios del continente”. Así lo fue con los primeros saludos del pro-imperialista Uribe de Colombia –quien lleva en su seno más de 2.000 asesinatos a dirigentes sindicales-; el presidente mexicano del Partido de Acción Nacional (PAN), Felipe Calderón –que hace más de un mes desmanteló la principal empresa estatal del país, PEMEX-; y le siguieron una serie de saludos desde los golpistas Hondureños como Micheletti y Porfirio Lobos, el reaccionario Alan García de Perú y el multimillonario Martinelli de Panamá. El imperialismo norteamericano junto a ellos, saludó el triunfo de Piñera con el cual esperan tener “las mejores relaciones”. Junto con ellos, el machista magnate y ligado a los sectores fascistas, Silvio Berlusconi, presidente de Italia; el imperialista francés Nicolás Sarkozy, y el animador de la organización de la derecha en América Latina, el español José María Aznar –que meses atrás estuvo en Chile agitando una política anti-comunista tras la alianza electoral de la Concertación con el PC. Podría sorprendernos, si haríamos “silencio” de las concesiones del MAS a la derecha boliviana y que ahora se transforman en acuerdos para el cargo de prefectos, del saludo de Evo Morales a Piñera, del “eje bolivariano”.
El avance de la derecha latinoamericana es una realidad.
En un artículo anterior en nuestro periódico (“El avance de la derecha latinoamericana”) planteábamos que la tesis del GeoEstratega Inmanuel Wallerstein era totalmente correcta: que en América Latina, con el triunfo de Obama, la derecha nunca había estado mejor y venía envalentonándose.
Decíamos que si en los gobiernos de Bush, su ofensiva guerrerista en Medio Oriente con las guerras de Irak y Afganistán –ahora convertidas en las “guerras de Obama” ampliadas hacia Pakistán y ahora Yemén y en fuerte puja con el capitalismo Chino- y el “descuido” de su patio trasero, había dado importantes márgenes para el surgimiento de populismos nacionalistas hacia la izquierda, como el de Chávez en Venezuela seguido de triunfos electorales de la izquierda como Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador (países donde hubo rebeliones populares contra los gobiernos neoliberales) y a gobiernos “progresistas” como el Frente Amplio Uruguayo, ese período intenta ser frenado por el avance de la derecha en la región. El triunfo de Piñera es el ejemplo más ilustrativo de ello.
El “júbilo” que causó en los sectores más reaccionarios de la derecha en la región –además de las patronales nacionales- no es menor. Para Lula en Brasil, actuar en las próximas elecciones “como la Concertación” sería una derrota del PT a manos de José Serra, representante de la derecha tucana. Para Mario Vargas Llosa la señal es clara: “En América Latina hay gobiernos democráticos, empezando por el Perú. Un país que es la bestia negra de Chávez es el de Colombia. Son clarísimos gobiernos con los que un mandato de Piñera tendría que colaborar”. Es decir, Piñera debería colaborar –y lo va a hacer- con los gobiernos más pro-imperialistas y entreguistas de la región. Consideremos aún mayor que Piñera tendrá que ejercer la presidencia pro-témpore del Grupo Río hasta el año 2012.
El triunfo de Piñera renueva los aires de la derecha en la región, y con ello, el afianzamiento de la dependencia económica y política de América Latina con el imperialismo norteamericano. La IV Flota, el Golpe en Honduras y el reconocimiento de las elecciones golpistas y la instalación de 7 bases militares en Colombia son el mejor ejemplo del reforzamiento que el imperialismo norteamericano quiere tener hacia la región, considerada históricamente como su “patio trasero” y cuya principal influencia y organización la tuvo con las dictaduras del cono Sur y el Caribe en la década de los 70 –ver el caso de casi 30 años de dictadura de los Duvallier, Papa Doc y su hijo en el golpeado Haití- y en Centroamérica en los años 80 para neutralizar el triunfo de las guerrilas en los procesos de guerra civil.
La reorganización de la derecha latinoamericana –al decir de Clinton, una “nueva derecha, liberal y democrática”- intenta por una parte ser un freno y eje de oposición al “eje bolivariano” dirigido por Chávez y entre los que se encuentran Cuba, Ecuador, Bolivia y Nicaragua. En ese sentido, es claro lo que índice el analista Atilio Borón al respecto: “con Piñera el bloque derechista controla, con la honrosa excepción del Ecuador, todo el flanco del Pacífico latinoamericano”.
Para el escritor derechista radicado en Washington, Álvaro Vargas, se trata de “armar una coalición de democracias dispuestas a protegerse unas a otras, o al menos, a secundarse cuando hubiera una excesiva intromisión chavista.” Pero la clave es que será un nuevo gobierno títere de los intereses imperialistas en la región, hacia un mayor sometimiento de las cadenas hacia el imperialismo, y mayores ataques a los trabajadores y el pueblo pobre en toda América Latina, en el marco de la crisis mundial y un giro a la derecha en la coyuntura regional.
La Centro-Izquierda ha permitido el triunfo de la derecha.
La Concertación le dio el paso –manteniendo y profundizando el neoliberalismo- a la derecha. En política exterior no tuvo ningún rol contra las cadenas imperialistas en América Latina, todo lo contrario, como señala Borón, “hay que recordar que aun bajo los gobiernos “progres” de la Concertación el papel que éstos desempeñaron fue siempre el de un operador privilegiado de Washington en América del Sur.” Por más que Lagos se jacte de no haber votado en apoyo a la guerra de Irak, es conocido su papel, junto a la entonces ministra de Relaciones Exteriores, la DC Soledad Alvear, el apoyo que dieron al imperialismo norteamericano y la derecha venezolana con el golpe perpetrado contra Chávez el 2002. En ese entonces, el Estado chileno comandado por Lagos le dio total apoyo al golpe, del cual luego de su derrota por la movilización de masas, tuvo que desdecirse. En el plano económico, fueron los más grandes alentadores de la política de Bush hacia la región: el ALCA con los tratados de libre comercio que afianzaron el sometimiento al imperialismo. La centroizquierda y los gobiernos “progresistas” no hicieron más que allanar el camino para el triunfo de Piñera y en América Latina para el reordenamiento de la derecha en la región, contra los trabajadores y el pueblo pobre.
Fortalecer las organizaciones obreras y populares para enfrentar a la derecha en toda América Latina
Por más que estos días hayamos visto los agudos discursos de Chávez contra Piñera, estos discursos se quedan en ello, en simples discursos. La política del nacionalismo chavista no es derrocar a las burguesías títeres del imperialismo, sino que su pacífica convivencia. Su subordinación a los dictados del imperialismo en Honduras fue la muestra más clara, al aceptar el acuerdo de Guaymurúas donde les otorgaban total impunidad a los golpistas. Su aceptación de la UNASUR no es en ningún modo un puntal de la independencia latinoamericana, sino la convivencia con el pro-imperialista Uribe, como mostró la última reunión donde el “eje bolivariano” no combatió contra las bases militares del imperialismo en Colombia.
El ascenso de la derecha en diversos gobiernos de América Latina implica una mayor subordinación de la región al imperialismo y traerá mayores ataques hacia los trabajadores y el movimiento de masas. En ese sentido, la derecha intenta con medidas demagógicas ganar sectores de masas para dividir a los trabajadores de los sectores populares y oprimidos. Hay que fortalecer las organizaciones obreras para enfrentar estos ataques. La política de los trabajadores debe ser fortalecer su propia organización y defender sus intereses, en alianza con el pueblo pobre tomando en sus manos los problemas de estos sectores. Además, deberán tomar en sus manos las tareas democráticas irresueltas que las burguesías nacionales son incapaces de resolver. Solo la alianza revolucionaria de los trabajadores y el pueblo pobre y oprimido, pero con una política de independencia de clases puede resolver el problema histórico de América Latina: la independencia nacional del imperialismo; por una Federación de Repúblicas Socialistas de América Latina.